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Crónica del RockFest Barcelona 2017

Viernes, 30 de junio de 2017. Primer día del RockFest y los nervios estaban a flor de piel; era mi primer festival sola y me dirigía hacia una aventurilla de la que no sabía cómo acabaría.

Había salido del trabajo y la circulación hasta Can Zam no me ayudaba en absoluto: primera fase de la operación salida de vacaciones, viernes por la tarde y las rondas iban bien cargadas, pero con todo, iba sobrada de tiempo para recoger el pase. Llegué a Santa Coloma y la siguiente odisea que me esperaba era la de encontrar aparcamiento ­–ya me había arrepentido media hora antes de haber ido en coche­­–, tras dar quinientas vueltas por la ciudad sin éxito alguno, pasando por un ataque de pánico –con llamada incluida a un compañero de Metalcoholiks­– conseguí que el vigilante del aparcamiento del festival se apiadase de mí y me dejase aparcar en doble fila. Evidentemente, pagué la novatada dando más vueltas que una noria. Consejo: evitad coger el coche o id bien temprano.

Cuando ya dejé de sudar por los nervios, me fui más feliz que una perdiz hacia las taquillas, me bebí un litro de agua casi de un trago, pasé los controles y por fin, ya estaba dentro. Lo primero que hice fue ubicar cada una de las cosas: baños, zona de comida, barras y lo más importante, los escenarios. La primera impresión fue bastante buena, sobre todo por éstos últimos; creo que el hecho de que los escenarios principales estén colocados uno al lado del otro es muy buena idea: no das tiempo a que la gente se desperdigue y, sobre todo, es muy difícil que te pierdas algo si estás dentro. El tercer escenario, la Rock Tent, una carpita situada a pocos metros de los principales, a pesar de estar bien acondicionado y ser más acogedor, debo decir que no estaba del todo bien aislada acústicamente puesto que en alguna ocasión se solapaban los grupos y no sabías muy bien a quién escuchabas.

Después de haberme situado en el mapilla del festival, y pedirme una cerveza en una de las barras centrales, mientras  escuchaba a Soziedad Alkoholika y me acordaba de algunos amigos que no estaban allí conmigo para disfrutarlos cuando sonaban Piedra contra tijera o Nos vimos en Berlín, me fui impregnando del ambiente que había. Se respiraba “buenrrollismo” por todas partes. La gente en general estaba tranquila, disfrutaba de la música, de la comida y de los photocalls que habían distribuidos por el terreno. Otros descansaban en el césped artificial que habían instalado por toda el área de los escenarios principales, o en las gradas y otras zonas de descanso que habían situadas en la parte posterior del recinto.

Al mismo tiempo que Abbath abría el concierto con un faquir escupiendo fuego, empezaba Reincidentes en la Rock Tent. Decidí quedarme a ver a esos hombres maquillados y a descubrir un poco más sobre el black metal noruego. Fue toda una experiencia, aunque empecé a disfrutar mucho más cuando aparecieron los suizos KROKUS y tocaron versiones que tenían preparadas de su último CD “Big Rocks”. La gente bailaba y se preparaba para el desembarco pirata, que venía de la mano de Running Wild.

La verdad es que este grupo me sorprendió muchísmo, y para bien. Estos alemanes amenizaron durante todo el concierto con sus himnos piratas, y la gente que iba ataviada con sombreros y pañuelos disfrutó de lo lindo, aunque no mucho más que los novatos como yo que alucinaba con lo que había sido un estreno festivalero por todo lo alto. Mi hora de volver a casa había llegado, y aunque me perdí a Avantasia y a Saurom, al día siguiente me aseguraron que ninguno de los dos dejaron a nadie indiferente.

*

Sábado, 1 de julio de 2017. Mi llegada al festival no es que fuese mucho mejor que el día anterior, se notaba que esa noche iban a tocar dos clásicos muy grandes, y Santa Coloma estaba más abarrotada que el día anterior. Pero esta vez fui directa al aparcamiento y, aunque en el culo del mundo, conseguí dejar el coche sin demasiados quebraderos de cabeza.

Llegué a tiempo para ver a Emperor, un grupo al que descubrí en el festival y la verdad, no me dejó impasible, a pesar de que me tira mucho más el rock clásico o el hardrock. Al fin y al cabo, uno de mis propósitos ese fin de semana era explorar, investigar y encontrar otras formas de música que me transmitieran algo. Pero cuando realmente empecé a disfrutar fue cunado subieron al escenario los veteranos DEEP PURPLE. La verdad es que aluciné bastante escuchando hitazos de los más míticos de su discografía, y aunque sorprendieron a todo el mundo cuando tocaron la versión de El cant dels segadors con el órgano, la gente se vino realmente arriba con su Smoke on the water, por supuesto.

Se disipó el humo sobre el agua, comí algo y me fui directa al escenario del Rock Tent para ver a EXCITER. Con esta gente sí que aluciné, cañeros a más no poder, parecía que no les hiciera falta tomar aire ni por un segundo. Pero tenía el corazón dividido, ya que en el Stage Fest, había empezado a tocar Rosendo y, obviamente, no me lo podía perder, así que llegué a tiempo de escuchar alguno de los temas que presentaba pertenecientes a su nuevo disco y para poder cantar –o berrear, más bien­– algunos de los clásicos que no pueden faltar en ninguno de sus directos. Letras, como siempre, que quieren ser un reflejo de nuestra sociedad y, por supuesto, una crítica de la misma. Tampoco defraudó.

 

 

Terminó la actuación de Rosendo con el público más que contento y en muy pocos minutos el Stage Rock se engalanó con unos ojos pintados en negro que anunciaban la llegada de Alice Cooper. Uno de los más esperados de todo el festival, sin duda.

Personalmente, aluciné con este señor. Transmitió una energía impresionante durante las casi dos horas que estuvo sobre el escenario, y lo mejor, es que se lo trajo todo: vestuario, atrezzo para cada una de las canciones, bailarinas, extras, marionetas, y hasta un Frankenstein de 3 metros. De verdad, fue un auténtico espectáculo teatral, el set list parecía seguir un hilo argumental, y la guitarrista que lo acompañaba e introdujo su mítico Poison, es una máquina.

 

Para mí fue un broche final para la noche del sábado inmejorable.

*

Domingo, 2 de julio de 2017. Esta vez decidí ir en transporte público hacia Can Zam. Esa noche tocaba Aerosmith, y me iba a permitir el lujo de darme un homenaje. El cansancio era palpable, había currado toda la semana –domingo incluido–, pero las ganas de pasármelo bien eran aún más grandes que mis ojeras.

Llegué al RockFest justo para ver a Sepultura, otro de los grupos que me recordaban a mi adolescencia y no estuvieron mal del todo. La gente ya sabía a lo que iba, y aunque el grupo ya no es lo que era, el público se lo pasó bien viendo actuar a los brasileños. Tras la actuación de Sepultura llegaron los británicos THUNDER con un buen hard rock que hizo moverse a más de uno, mi mayor respeto a esta banda que confirman, una vez más, que el rock es totalmente apto para todos los públicos.

Mientras tanto, muchos otros esperábamos con cerveza y más relajaditos en el césped del otro escenario a que llegasen AIRBOURNE.

Cuando se desplegó la bandera del grupo al fondo del escenario y aparecieron dando caña desde el minuto uno, la gente se puso en pie y comenzó a bailar y a saltar disfrutando de la banda y de la energía que desprendían. Escenario para arriba, escenario para abajo y cervezas para todos de la mano de Joel.

Cuerdas rotas, guitarras de repuesto, sudor y mucha cerveza corrió por el escenario y un poco más abajo. Fue una auténtica fiesta y un lujo poder ver un directo imparable como el de estos australianos que, a su vez, es imposible no compararlos con AC/DC. Sinceramente, después de ver a Airbourne no me apetecía escuchar mucho más, preferí retener su actuación en la retina y me fui a dar un paseíto por la zona del mercadillo mientras comía algo y escuchaba a Alter Bridge de fondo. 

Llegó el momento de Europe. Para mi gusto, y a pesar de que es un grupo que escuchaba en vinilo hace miles de años en casa de mi vecino Javi y me trae tiernos recuerdos de infancia, han perdido fuelle. Y creo que se demostró ya que la gente estuvo bastante paradita hasta que llegaron algunos de sus temas clásicos como “The final countdown” o “Rock the night”.

 

 

 

Antes de que terminara Europe, fui a por otra cervecita y me irigí hacia el Stage Fest, a posicionarme para ver a AEROSMITH lo mejor que pude. Tenía muchas ganas de verlos en directo, y más aún siendo en su gira de despedida. No me los podía perder, y el festival fue una oportunidad increíble. Comenzó el espectáculo con un pase de fotografías a ritmo del “Oh! Fortuna” de la ópera de Carl Orff, Carmina Burana que repasaba la trayectoria del grupo hasta que arrancó la batería y estallaron las guitarras para levantar los brazos del público con la salida de Steve Tyler al escenario ­–del que debo decir que llevaba más colorete que muchas de las asistentes y que le gusta más un ventilador que a Beyoncé Knowles–.

Temazos de siempre que no dejaron a nadie indiferente, canciones en las que la armónica era una de las protagonistas, y una banda que ha dado muchas emociones a mucha gente, durante mucho tiempo, y que Barcelona ha tenido el placer de ver en directo en más de una ocasión. Fue todo un privilegio poder disfrutarlos en el RockFest antes de su retirada. Gracias por eso. 

Terminó el concierto de Aerosmith y para mí también terminó el festival, el lunes tocaba madrugón. Cuando me dirigía hacia la salida, los argentinos God Save the Queen arrancaron con su tributo a Queen y, ciertamente, parecía que la banda británica era la que estaba sobre el escenario. Por algo están considerados los mejores en este aspecto. El festival cerraba sus puertas, tras otro tributo, pero de la mano de Abbath como Kilmmister liderando a Bombers en su homenaje a Motorhead.
Una vez fuera del festival y con la esperanza de encontrar un taxi los más pronto posible, me aterroricé al ver la cola quilométrica que me esperaba hasta poder llegar a la cabeza. Por suerte, y aquí debo aplaudir el trabajo de la organización, habían chicas del staff que se encargaban de controlar la fila y que todo estuviese en orden. Solo cabe decir que me encantó el festival, el ambiente que se respiraba, la complicidad del público con las bandas, los camareros, el mercadillo, las guitarras y baterías gigantes y el trono de hierro hecho con guitarras… La verdad es que esa fue una de las mejores cosas de todo el festival: el público. Familias enteras, gente de edades muy dispares, algunos en grupo, otros en pareja y algunos más que íbamos solos, pero todos disfrutando de lo mismo: la música.

Y aunque, debido al trabajo, no he podido reseñar el festival en su totalidad, el próximo RockFest repito seguro y ¡¡¡pongo al dios del rock por testigo de que el año que viene me pido vacaciones para no perderme nada!!!

Celia A. B.

Fotos: © Media Circus SL 

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